viernes, 16 de octubre de 2009

31.15.10.09


Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos… repentinamente evoqué el inicio de la película de Amenábar. Me pareció haberme dormido mientras iba en un tren hacia el sur de Londres. Al frente mío un hombre anciano. Esmeradamente vestido pero con ropas de moda probablemente hace 30 o 40 años atrás. No era calvo pero tenía poco pelo, mayoritariamente cano, y lo peinaba hacia atrás. Tenía la cara alargada, unas orejas prominentes y abiertas, sus pómulos desvencijados hacían juego con su rictus. Lo observé disimulada pero acuciosamente. Me recordaba algo o alguien. No sé en qué momento apareció en ese asiento del frente, de esos que suelen tener los trenes. Me percaté que pronto lo venció un sueño nervioso, se despertaba en cada parada de estación y reintentaba el proceso de dormir una y otra vez. Quería descansar y cerraba los ojos con fuerza, los apretaba arrugando el ceño, y con eso su cara ganaba una mayor expresión de preocupación, de peso, claramente se le dificultaba conciliar el sueño.


Todo partió un jueves. Ese día no tengo clases pero fui a la biblioteca a leer los numerosos textos que debo preparar. En la tarde había una exposición de un estadounidense de origen iraní que estaba a cargo de una empresa que gestionaba redes de profesionales jóvenes para trabajar en desarrollo. Asistí y me senté en primera fila. Más que interesarme el tema propiamente tal, me interesaba practicar mi oído con diferentes tipos de inglés. Al lado mío se sentó una nigeriana hermosísima, estaba muy bien arreglada, lucía un vestido en tonos claros, veraniego diría yo, con flores que hacían juego con el maquillaje y unas pestañas extremadamente largas y a la vez contrastaban con su piel negra y brillante. Hacía un master en derecho comparado. Al poco conversar me di cuenta que era una mujer muy inteligente y de carácter fuerte. Parecía hecha y derecha sin embargo tiene 23 años. Al final de la sesión se me acercó una chica esta vez muy blanca y colorina. También hermosa pero no tanto como Funmi, la nigeriana (es la abreviatura de su nombre irreproducible). Le había llamado la atención mi acento en una pregunta que había hecho. Me preguntó si hablaba italiano o español. Su nombre es Linda, irlandesa y realizaba su doctorado en estética. Conversamos un poco más que lo que se podría conversar en una situación como esta. Teníamos algunos intereses comunes, le preocupaba la ética en las organizaciones tal como a mí, pero lo que sin duda fue un gancho recíproco, era el interés por mejorar a través del otro nuestro idioma de interés. De este modo a partir de hoy jueves, una semana después, iniciamos nuestras sesiones de intercambio. Media hora español y media hora inglés. Linda hace mucho tiempo que está fuera de su casa, nació cerca de Cork al sur de Dublín, en el campo, estudió en la capital, estuvo un tiempo en España y ahora hace sus estudios en Londres. Toda una vida para sus recién cumplidos 24 años.


En una suerte de feria para mechones en UCL (freshers le llaman) hubo una oferta interminable de invitaciones a diferentes sociedades, desde las más clásicas hasta unas verdaderamente extrañas, como una que reclutaba interesados en reacondicionar objetos cotidianos y transformarlos en piezas de museos. No había un solo stand de los aproximadamente 100 del lugar que no tuviera inscritos. Yo me anoté en varios: Hiking y caminatas, músicos, poetas jóvenes, lengua española, música clásica, museos, pintura, cine, libros, etc. En todos puse mi orgulloso email de la universidad juan.moreno.09@ucl.ac.uk

(Los ingleses no usan el apellido materno por lo que piensan que el último nombre que ven corresponde al único apellido. Por supuesto que no quise cambiarlo, como mínimo homenaje a mi madre).


La sociedad de caminata y Hiking fue la primera en reaccionar y ya el mismo fin de semana tenía organizada una actividad para cada día. El sábado una caminata relajada. Hicimos un circuito desde la universidad, pasamos por el Hyde Park, Green Park y St. James Park (donde están las sillas de playa de la foto que tomé tres años atrás titulada “en Londres me espera una silla”). Pasamos por al lado del Buckingham, del Westminster y su Big Ben, el London Eye, Jubilee Gardens y terminamos como corresponde en Covent Garden Market con una cervecita refrescante. Como conocía estos lugares, al principio me entretuve contrastando el recorrido con un buen mapa que adquirí y que me ha permitido ubicarme bastante bien en Londres. Después se me acercaron dos francesas, una de Paris y otra de Marsella, conversamos una parte del paseo sobre cuáles eran sus ideas de investigación, una en el ámbito de la ingeniería, otra en el derecho. Me llamó la atención el compromiso público de su propósito de estudio. La conversación se difuminó cuando una de ellas, pensando que era español, me dijo en un castellano graciosamente afrancesado – Yo no sé español, sólo sé decir, hola, como estás, yo tengo 19 años. Hicimos una parada para comer algo. Cada uno debía llevar su comida. Yo llevé un yogurt líquido, un plátano y una manzana verde. Me senté junto a unas estadounidenses debajo de un monumento a unos soldados caídos en alguna de las tantas guerras. Una estaba haciendo un postgrado en sicología, otra en ciencia política y la otra estudiaba literatura inglesa. Encantadoras y de conversación muy fácil. Salvo un paréntesis que hice intercambiando algunas frases con Ryan el presidente del grupo y con un rumano que estudiaba informática, nos fuimos con estas gringas todo el camino exponiendo las ideas y sueños que nos habían llevado hasta allá. Y al igual que Linda tenían una fascinación especial por el castellano. No hablaban mal pero requerían práctica. Así que ni tonto ni perezoso les ofrecí intercambio. Las tres aceptaron. Al final del paseo, en las cervezas de covent garden, se nos sumó Ryan, un búlgaro y Napoleon, un griego muy amistoso que me simpatizó de inmediato, especialmente cuando me dijo que yo debía “estar” (en inglés “estar” también es “ser”) en el Meditárraneo y porque repetía permanentemente tras algo que le pareciera acertado – brava, brava. Terminamos conversando de política internacional. Eran bastante críticos y profundos todos y cada uno en sus comentarios. Me cayeron bien las gringas, la menor tenía 21 y la mayor 24.


(Mientras escribo comienza a sentirse un viento con mucha personalidad, silba, se arremolina, se mete por hendiduras de puertas y ventanas y alcanza cada recodo de esta casa inmensa como el mundo. En el IPod suena la maravillosa “Suite: Clouds, Rain” de David Gates).


Ese mismo día pasé rápidamente al Sainsbury’s de mi barrio. Tenía invitados a cenar a Max y Carmen. Era una cena a lo inglés, a las 7:00pm. Cociné una de mis espacialidades -el error es voluntario- ya que es un invento volado creado en algún episodio santiaguino de “bajón de hambre”. El menú consistió en: Aperitivo, aceitunas con ají y fondos de alcachofas asados y trozados para servirlos con mini tostadas. Max me aceptó una cerveza, Carmen jugo de mango. El plato principal fue “la flor de belairasia”. Arroz con bastante curri al centro del plato y rodeado de una preparación compuesta por frutos del mar (trozos de pulpos, camarones, ostiones y machas) y frutos de la tierra (trozos de zapallo italiano, pimentón verde, rojo y amarillo, cebollín y tres tipos de ají). Además un bowl con ensalada de lechugas y tomate. Max trajo un vino francés delicioso. Cenamos temprano porque después nos fuimos a ver el partido de la selección chilena al Latin Corner Pub. Pese a que estaba atestado de colombianos, los dueños del bar y el público mayoritario, los locales en el fútbol y los perdedores también, todo el mundo terminó bailando y celebrando la clasificación de Chile al mundial. Llegaron también Alejandra y Gaby, las chilenas que había conocido a través de la beca, que a su vez llevaron a dos chilenas más, la madre de Gaby y su compañera de doctorado en Nottingham. Éramos la bancada chilena. También fueron Georgina, la mexicana amiga de Carmen y Mauricio, el colombiano simpático del empanadazo en casa de Carmen, con su novia alemana-turca. Terminamos muy tarde, como ya empieza a ser tradición, en un kebab.


Al otro día yo continué con mi hiking al sur de Londres. Salimos de Victoria Rail Station hacia Boxhill, a unos 50 minutos en tren. Si bien el paisaje podría no ser tan distinto a otro semicordillerano, recordé vívidamente mi cajón del Maipo, y no sólo por la traducción del nombre. Debo reconocer que no era el mejor estado para subir y bajar cerros por cerca de 5 horas. Napoleon ya no me dijo –brava, brava- cuando se lo comenté. A decir verdad tampoco estaba de ánimo de hacer esfuerzo por comunicarme. Pero sin proponérmelo, al ir con mi gorra de Brasil, muchos se me acercaron a preguntarme si era de allá. Todos estudiantes de distintas carreras, todos entre 19 y 23 años. Pero hubo un chico que desde un inicio me llamó la atención porque andaba con una cámara inocultable tomando fotos a los participantes en cada momento: subiendo, bajando, comiendo, cansado, riendo, saltando, etc. Kuba (diminutivo de Jacob en polaco) lleva dos años en Londres y viene de un pueblo al norte de Varsovia. Estudia matemáticas, física y astronomía, pero vibramos hablando de poesía y de cómo es posible integrar en el lenguaje mundos tan aparentemente concretos con otros tan aparentemente abstractos. Para poder pagar sus estudios trabaja en Waterstone’s, la librería, y además hace un sinnúmero de cosas que lo hacen un tipo muy interesante y especial. Respiré cuando me dijo que a él le tomó tres meses sentirse cómodo con el inglés. Ya me lo había dicho Clara parafraseando a Isabel Allende: es difícil parecer inteligente en otro idioma. Este chico “vivido” e inteligente en otro idioma no tiene más de 25 años.


El lunes quería descansar. Sin embargo Kuba me invitó a su casa porque celebraban el cumpleaños de su novia. No pude decir no. Llevé un vino chileno que apreciaron bastante. Gente muy amable, conversadora, amantes del arte y algunos del castellano. El que sea de Chile en general les parece cool (con una C que suena más bien como K y muy marcada). La convocatoria era tan mayoritariamente polaca como joven. La cumpleañera celebraba sus 21.


Esta última semana ya no me he sentido tan outsider. Dejé de ser el personaje de Murakami de los primeros días. Suelo ir a la biblioteca entre mis clases y observar a la gente que entra y sale. Me gusta reconocer esas bandejas con diversidad de frutos que hay fuera de los supermercados locales y empezar a hacerlos propios, cotidianos. Todas esas etnias, formas y colores, componen un cuadro hermoso. El miércoles fui a almorzar con Laura una italiana del sur que me dice papá porque ella está recién en sus 24. Además, sumé un nuevo intercambio con Samantha, una inglesa de pelo casi blanco y ojos puramente azules, con acento londinense y con muchas ganas de redimirse con el castellano, después de haber reprobado sus ramos en la carrera de literatura hispana. Hizo después una segunda carrera y es mi compañera en el Master. Quiere dedicarse a la política internacional aunque ama hacer radio como DJ. Sam tiene 23. Por último el miércoles en la noche fui a ver el partido de Chile con Ecuador en un local llamado Sport ubicado muy cerca de Trafalgar Square y la National Gallery. Ahí, de pie en una barra, junto a Iván un ecuatoriano y Bruno un peruano, ambos estudiantes de economía, figurábamos en medio de un tremendo local empapelado de plasmas con todos los partidos del mundo que se estaban jugando en ese momento, además de otros televisores con carreras de autos y otros deportes. Todo muy de niñitos hombres.


Hoy es el cumpleaños de mi madre. No puedo dejar de recordar, y ahora más, cómo por tanto tiempo hice gala de mi fe ciega de hijo pródigo. Hasta avanzada edad le creí a pie juntilla que tenía 25. Debí haber aprendido que no es buen negocio inmiscuirse en cálculos de edad y otros menesteres afines. Y mientras pienso en que me gustaría abrazarla y desearle la felicidad que merece, tampoco he dejado de pensar en ese anciano del tren y en lo que su vida le ha endosado, de modo tal que le sea tan difícil estar en paz. Yo; aunque la vida me haya implantado en este mundo prácticamente dos generaciones menores a mí, aunque tenga que desarrollar nuevas habilidades para jugar bien en estas canchas donde todos corren más veloz y se cansan menos, aunque deba no sólo tolerar sino aprender de sus conversaciones y vivencias, y aunque en esa tarea me vale no sólo mejorar mi inglés sino también otros lenguajes universales; me siento afortunado, felizmente desafiado, a tal punto que podría asegurar que a diferencia del viejo no me será difícil cerrar estos ojos ávidos de abrirlos al mundo. Sí, abro los ojos, abro los ojos, abro los ojos.


Nuevamente el IPod, esta vez Piazzolla y su Adiós Nonino. Me sonrío y grabo el texto.


miércoles, 7 de octubre de 2009

22.06.10.09


El ego que va en busca de su desapego, se encuentra cara a cara, frente al espejo, mueve su boca y hace gestos, pero no entiende, escucha pero esos sonidos no significan nada. De pronto se le frunce el rostro. El idiota balbucea pero ni siquiera eso es inteligible.



Fue una semana de recuperación de la gripe y de cambio de casa. El jueves ya pasé la noche en 4 Fortnam Road, a cuadras de Archwell por Holloway Road, Islington. Había pasado a comprar a Next Home, una tienda especializada en muebles y decoración de hogar pero con el estilo y el diseño local. Es decir, mucho dorado y volumen, floreado bien exagerado y telas peludas. Ahí compré un plumón, un cojín, dos almohadas y una sábana. Sí, textual, fue increíble que sólo vendieran la de abajo. Me acordé de Hahn y su “sábana de arriba”, a mí me hacía falta pero estaba solo y mi pieza aún es como un desierto. Ese día también compré algunos textos en Waterstone’s, así que finalmente decidí pedir un radiotaxi para cargar todo, incluido todo mi equipaje. Me llevó un chipriota con ya casi 30 años de estada por acá, muy simpático y singular, y con un –diría- orgulloso pero difícil-de-seguir acento árabe.

En la noche nos fuimos a cenar con Carmen a modo de despedida. Comimos en un restaurant vietnamita, delicioso y muy barato, ubicado en Shoreditch, un barrio que se ha convertido en un ícono de la bohemia y juerga alternativa. De ahí nos fuimos a un bar para juntarnos con Max que venía de una cena de negocios. El bar era el Kick, tradicional, con taca-tacas, televisores y muy amplio para albergar las hordas de fanáticos que ahí se reúnen para apreciar una de las máximas invenciones de este pueblo: el fútbol. Carmen tomó su clásico jugo de tomates; Max, haciendo gala de parisino y buen bebedor, su concentrado de licor de anís con la correspondiente jarra de agua; y yo, esta vez, sólo una diet coke con bastante hielo y una rodaja de limón.
El viernes fueron los drinks de bienvenida en UCL. En mi departamento, ciencia política, estuvo regada la cosa. Con mucha participación de estudiantes, profesores y administrativos. Para mi sorpresa, y en medio de un hacinamiento propio de los lugares donde se expende alcohol gratis, se sube a una mesa un flaco desgarbado, en sus 40, que si hubiera tenido pelo largo y no dejara entrever deliberadamente sus calzoncillos Calvin Klein, habría asegurado que era una versión posmoderna de Nito Mestre, y lanza un speech hacia el público tan generoso en buenas maneras como gotas de saliva. Ahí se fue armando un grupito de compañeros que decantó en la última bienvenida del día, la del Centro de Alumnos (la directiva tiene año sabático), donde continuamos con el licor de elección para estas ocasiones, vino blanco, pero en vaso. Se dio lugar una muy entretenida y divertida conversación de temas varios pero sin faltar nunca el ya recurrente tema de las costumbres y formas del lenguaje de cada uno de quienes convivimos en esta Torre de Babel.

Y llegó el sábado. Como ando acelerado no fue este día la excepción para estar despierto antes de las 8. Pero estaba bien ya que ese día era el ya tradicional “empanadazo” que Carmen organiza año a año para sus amigos no-chilenos. Una suerte de 18 chico en Londres y en el flat de Max y Carmen. Así que manos a la obra, entre los tres preparamos ensalada a la chilena, un suculento y enchilado pebre, su buen pisco souer y las susodichas empanadas. Los invitados comenzaron a llegar a las 2 de la tarde. Yo, obviamente, era el barman, aunque también ayudé a amasar. Nos pidieron música chilena para bailar, así que procedimos a las cumbias, rancheras y merengues que aparecían en las selecciones de música chilena de los buscadores de Internet. En esa dinámica de conversar, reír, comer y bailar cayó la noche como cierre de telón de una jornada memorable.

El domingo fui de compras al Sainsbury, desde ahora mi súper. El objetivo era aperarse de los insumos para los desayunos de la semana: cereal, té verde, jugo de naranja, leche descremada, pan negro de molde, paltas, plátanos y manzanas verdes. Decidí salir a caminar e ir al café de estos turcos curdos que conocí cerca de Highbury Park. Era un lugar perfecto para trabajar en el computador, conectado a Internet, ya que en mi casa está cortado por no pago de los anteriores arrendatarios, y disfrutar de una soleada-pero-no-tanto tarde dominguera. Ahí estuve, toda la tarde, registrando ramos, acreditándome en cuanta cosa, leyendo papers y hasta solicité mi Oyster de estudiante (la tarjeta BIP). El dato freak es que conocí a unos chilenos de la alta alcurnia y el dato top, es que cuando ya cerraban y era el último en quedar, no me dejaron pagar el escaso jugo que había consumido (de manzana, zanahoria y jengibre) y además me regalaron un panecillo dulce. Bueno, además de la generosidad de esa maravillosa gente, he empezado a disfrutar del estatus de estudiante y todo lo que eso produce en mis interlocutores.

En la noche, Vinay había organizado unos drinks de bienvenida de la casa. Fuimos los 4 roommates a un pub del barrio. Él es el antiguo del grupo, por lo que ello constituye grado aunque él intente permanentemente evadir dicha autoridad. Es el serio y es muy notorio cuando quiere hacer una broma. Hijo de padres nacidos en Kenia y avecindados en India mucho tiempo, él nació en Londres. Es más bajo que yo, usa la cabeza al cero para esconder su calvicie prematura, tiene unos anteojos similares a los míos, nariz persa, barba incipiente y de piel muy café. Vini, como le gusta que le digan, vive en la pieza inmediatamente al lado de la mía, ambos compartimos el primer piso (segundo para Chile). Arriba, en el segundo piso, en la pieza más chica, vive John, el tímido. Nacido en Reading, a unos 80 km de Londres, diseñador gráfico trabaja en la empresa del hermano, se mueve sólo en bicicleta, es muy rubio, alto, de párpados en expresión de tristeza, pero que lejos de parecerlo, denotan bondad y risa fácil. Por último, su vecino, el de arriba mío, en una pieza con baño en suite, es Anthony, el nervioso. También inglés, estudió algo así como auditoría y finanzas en Cambridge. Si bien por su aspecto físico no lo parece, es el más típico inglés. Más alto que yo pero menos que John, es de piel blanca pero de pelo casi negro. Viste muy elegante y cada vez que termina una frase lanza un par de carcajadas. Al principio pensaba que no entendía sus bromas, después me percaté que es una muletilla compensatoria. No ha sido fácil comunicarme con ellos. Entre su acento british en extremo -pero no el de la BBC, el londinense- y la velocidad de la conversación suelo perderme. Al final del día me lo recuerda un leve dolor de cabeza producto del esfuerzo y la concentración que requiere mantenerse adentro. También me lo recuerda esta permanente prueba a la humildad de estar todo el tiempo en una condición disminuida ante el resto. Nunca pensé que sería así sufrir esta suerte de analfabetismo comunicacional.

Ayer lunes a clases. Estoy a media hora de puerta a puerta vía Tube. Y no son más de 10 minutos el trayecto en metro propiamente tal. Esta universidad es increíble. Tengo acceso a todos los edificios de esta tremenda cuadra por medio de mi ID card, tengo wireless en todo este diámetro, todos mis apuntes están en Internet y los que no en una preciosa y extraordinaria biblioteca, desde donde ahora escribo. Ética Pública, unos de mis electivos, fue el primer ramo con que debuté. Me gasté la clase tratando de seguir al profe desgarbado, ese del discurso y los calzoncillos, y cuando lo lograba, me perdía con las numerosas intervenciones de mis compañeros. Quise pero no me atreví a intervenir. Eso me quedó dando vueltas. Se lo comenté a Carmen en la tarde cuando fuimos por una sopa del día. Su oficina de la U queda a metros de mis salas de clases. Sin embargo hoy, después de la clase de Relaciones Internacionales, hubo un seminario, con la mitad de los estudiantes. Había leído muy bien una de las lecturas recomendadas. En total su estudio me había tomado alrededor de 5 horas muy concentrado. Tuve que optar por una ya que no alcanzo a leer todo si en comparación me demanda más tiempo que a los otros. El seminario consistía en comentar las lecturas, y el profesor, como de mi edad, sólo hacía preguntas y guiaba la conversación. La sala tenía forma de U y yo me encontraba en la parte de abajo al frente del profesor hacia su derecha. Aunque me perdía permanentemente sabía bien de que estábamos hablando y no me aguanté y me tiré a la piscina. Y como si fuera poco opiné dos veces con algunos retrucos del profesor. No sé si habré dicho lo más inteligente o lo más apropiado, pero me sentí bien exponiendo mis ideas, buena o malas (no sé) pero mías como canta Lerner.

Antes de venirme a la biblioteca me topé con un cóctel en el hall de entrada, así que nuevamente me aproveché de mi condición y me comí una buena porción de aceitunas, almendras peladas (así se usa al parecer) y un vaso de agua. Desistí del vino, algo de pudor aún me queda.

Son las 10:23. Me sonríe un funcionario de la biblioteca que anda inspeccionando cuántos aún quedamos. Afuera, a través de una ventana con forma de arco se trasluce sutilmente la fina lluvia que no ha cesado de caer desde ayer. El domingo hizo mucho calor, ayer y hoy no tanto, sin embargo llueve. Es otro aspecto más que comienzo a entender de a poco, como a mis compañeros, como a cada uno de estos seres humanos que la vida me ha puesto al frente. Mientras tanto escucho “Plegaria para el alma de Layla” de Pedro Aznar y el invierno asoma su cara avisando que ha llegado para quedarse.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

15.29.09.09


La generosidad de Carmen alcanzó hasta para contagiarnos la gripe a Max y a mí. Semana de inducción en la U. Semana de mudanza. Semana de inicio.


Ayer lunes tenía una actividad de sólo media hora en UCL. El departamento de ciencia política entregaba el material de inducción a todos sus estudiantes de postgrado. Como tenía tiempo, me fui a leerlo minuciosamente a un Café muy agradable que pertenece a una librería cerca del British Museum y por lo tanto de UCL. Estuve hasta pasado la hora de almuerzo, así que primero, a media mañana, tomé una tetera de té negro con botones de rosas y luego, con el hambre, una sopa de papas y puerros, deliciosa, acompañada de unas tostadas con aceite de oliva y trozos de tomate deshidratado. Mientras leía concienzudamente se sentaron en la mesa del lado una señora que leyó el Guardian y comió un brownie. Un tipo en sus 40 que estaba empezando 2666 de Bolaño. Y al final tres aparentemente docentes que discutían sobre economía y política en Asia.

Caminé de vuelta hasta la parada de Euston donde tomo el bus 73 que pasa por la casa. Me senté en la primera fila del segundo piso a observar, desde el privilegio de esa perspectiva, la forma en que está organizada esta ciudad. En Sudamérica estamos acostumbrados al ordenamiento en cuadras, pero aquí, esta ciudad medieval, es un conjunto de pequeños pueblos reunidos y sus calles no responden a ninguna lógica. Sin embargo, me gusta el encanto que le confieren esas puntas de diamante o aquellas conjunciones de hasta 5 calles. Si bien me ha tocado sufrir en carne propia esta forma ilógica de ordenamiento, por ejemplo, cómo están numeradas las direcciones de las casas en una calle, su arquitectura, las puertas de color negro, azul o rojo, el ladrillo a la vista y casi siempre amarillento, le dan un charm muy especial. Afortunadamente las pares e impares están en veredas separadas, pero lo que no hay posibilidad alguna es que la numeración de una vereda coincida en secuencia con la de la vereda del frente. Es decir, puedo estar en el 4 y al frente haber un 103. Además, puedes encontrar Elm Street, Elm Road, Avenium, Grove, Terrace, Mews, Way, etc.


Llegué a la casa y después de una tarde bien conversada con Carmen, revisando, entre otras cosas, los ramos electivos que podría tomar, me preparé para ir a una reunión con la dueña de la casa (landlord). Llegué puntual, ella un par de minutos después y pidiendo disculpas. Es una señora muy agradable, de aquellas que te miran profundamente cuando le hablas. Le mostré mis antecedentes y ella la copia del contrato que tendremos que firmar los 4 tenants juntos (arrendatarios de piezas). Mientras, su marido e hijo, instalaban mi cama, colchón, sillón, clóset y cajonera. Creo que le causé buena impresión porque la sentí que fue relajándose hacia final. Es muy preocupada. Me preguntó todo el tiempo si necesitaba algo más.

Finalmente, ese día había acordado con otra becaria juntarnos un rato. A Alejandra la había conocido durante el desagradable proceso de tramitación de la visa, pero sólo por email. Acá habíamos hablado sólo por fono. Ella vive en un flat (departamento) que pertenece a UCL. Es para dos personas, ella y su marido, pero él llega en diciembre. Nos juntamos a cenar en su casa y se sumó una actriz recién egresada de la UC que vive en el mismo edificio. Ambas muy simpáticas. Nos quedamos hasta tarde conversando.


Hoy día amanecí resfriado y tenía que ir a la U a una inducción en temas administrativos. En realidad fue lo mismo que había leído el día anterior. Me quedé atrás del auditórium y pude observar a todos los alumnos del departamento y claramente debo ser el más viejo, además de que ellos lucen mucho menor de lo que esperaba.


Me vine temprano a la casa para cuidarme. Lavé mi ropa, escribí, leí, busqué información en Internet y descansé. Esperamos a Max para cenar, Carmen había preparado un plato marroquí. Cenamos, vimos la BBC donde destacaban el discurso de Gordon Brown. Ahora me vine a la cama, estoy cansado. Mañana es la matrícula, voy por mi tarjeta de débito al banco Abbey finalmente, y por la noche firmo el contrato de la casa.


Creo que con estas líneas comienza a cerrarse el prólogo de mi paso por esta isla. El cierre de etapas de instalación y la búsqueda de las hebras que manejarán mi destino ya están ad portas. Copio el texto en el blog, cierro el laptop y apago la luz.


martes, 29 de septiembre de 2009

13.27.09.09


Sentado al computador, levanto la vista y miro a través de la ventana, hay un árbol frondoso, de pronto una de sus ramas se revuelve, es el viento sobre las hojas… no, es una ave parecida a una tórtola, inmediatamente llega otra, y otra, y muchas más. Este árbol es una esquina. Una esquina para el encuentro.


TENGO PIEZA! Me decidí por la tercera opción, es la que más me gustaba, especialmente porque siempre sentí que ese sería mi hogar. Y como diría Maurito, el universo así lo quiso, el indio de la primera opción no me eligió y el persa de ésta, sí lo hizo. Estoy muy contento porque el barrio me parece interesante, me gusta la onda de la casa y porque ya puedo por fin establecerme. Me llama la atención lo tranquilo que me he quedado después del llamado de Vinay, mi nuevo room mate. Les conté a Carmen y Max y estaban muy contentos por mí. Este fin de semana lo pasaremos juntos –dijeron- por lo que empezamos a hacer planes desde el jueves.


Sin embargo, toda esta semana ha sucedido algo inesperado. Mucha gente me ha contactado con amigos o amigas que viven aquí o que se vienen con la misma beca que yo. De este modo, me he juntado a cafecitos, juguitos, chelitas con varios chilenos que andan en pasos similares a los míos. En realidad, hasta ahora han sido sólo mujeres, lo que no deja de agregarle interés a la situación.


Por ejemplo, el domingo pasado conocí a Trini, una actriz que se está preparando para entrar a la prestigiosa escuela de drama de Londres, necesita hablar muy bien inglés por lo que mientras trabaja en Top Shop (muy cool) estudia para ello. Nos comimos sólo unos starter (los recursos son escasos) pero bien deliciosos, en una mesa en la calle pero escuchando una banda de jazz bastante buena. Se usa que los domingos en la tarde haya música en vivo en la mayoría de los lounge y pub.


El jueves recibí una llamada urgente de otra becaria, Bárbara, una arquitecto muy intensa que andaba buscando pieza desesperadamente al igual que yo. La acompañé en una caminata muy agradable por un barrio que me encanta llamado Highbury, muy cerca del estadio del Arsenal FC y relativamente cerca de la casa de mis amigos y de la ahora mía también. A la vuelta me vine solo, caminando relajado, hacía hora para visitar una pieza que estaba previamente agendada, y pasé a un Café a comer algo ya que había almorzado algo muy liviano. Me encantó la onda del lugar, similar a una cafecito regalón en mi barrio de Stgo., ahí en Huérfanos casi esquina Brasil. Y lo mejor de todo es que había wire less gratis y servían una tentadora sopita de zapallo. Le pido la password a la chica que atendía y le llama la atención que mi laptop estuviera en castellano. Comenzamos a conversar rápidamente de una manera muy cordial, se le sumó su hermana que también trabajaba ahí y había además un amigo de ambas que estaba en la cocina. Cuando le cuento que estudiaría en UCL ella me dice –qué coincidencia, mi amigo también. Y lo llama a viva voz. Éste sale raudo y apenas me ve me empieza a hablar en una lengua extraña y de un modo extremadamente familiar. Antes siquiera de poner cara de desconcierto, las dos chicas estallaron en risotadas. Confirmado. Tengo una inconfundible cara de turco. En realidad eran curdos y cuando salió ese tema, sus caras cambiaron dramáticamente.


Y este viernes me junté con Paula, una socióloga que hace su doctorado en criminología, amiga de unos ex jefes. Ella me ofreció mostrarme un jazz club al sur de Londres, en un barrio no muy bueno y bastante apartado. De hecho tardé más de una hora en regresar a mi casa. El lugar es total. Se llama The Crypt, y es una cripta de iglesia, o sea el subterráneo, adaptado para conciertos y espectáculos con absoluta autorización de la dirección de la Iglesia. Fue muy gracioso entrar y que el probablemente sacristán te saludara en la puerta. Ahí escuchamos a un saxofonista italiano con una banda que hubiera asegurado cultivaban la fusión sino fuera por una interpretación sublime del “Love theme” de Ennio Morricone. También comimos y tomamos vino chileno a precios definitivamente sacados de otra ciudad. Es el lugar preciso donde me gustaría llevar a mi amigo Octavio cuando venga de visita desde Belfast.


Ayer sábado fue muy especial. Diría que ha sido el mejor día hasta ahora. Estaba muy veraniego. En realidad no ha hecho mucho frío y ya se me acabaron las poleras limpias. Con Max y Carmen tomamos desayuno relajados, más o menos lo de siempre, cereal, leche de soya, jugo de naranja, un rico té earl grey o english breakfast más unas tostadas. La idea era caminar. Fuimos al London Fields, un parque muy hippie, atestado de grupos de jóvenes tomando sol, haciendo pic-nic o durmiendo, muy cerca entre ellos pero respetuosamente separados cada uno en lo suyo. Saliendo de ese parque está el Broadway Market, una típica y encantadora feria donde venden frutas y verduras, comida para servir, ropa de segunda mano y otros cachureos. Hay sillas de playa para tenderse, numerosos restaurantes y el infaltable cantante callejero. En este caso había una versión moderna de Bob Dilan, bien interesante, tenía una similitud con Damian Rice. Comimos algo y caminamos de vuelta por el Regent Canal entre familias que paseaban en bicicleta.


Había que prepararse ya que Giuseppe, el mismo italiano que conocí hace tras años junto a Carmen, había propuesto ir al teatro. Menuda prueba para mí pero no arrugué. Vimos “Madre Coraje y sus niños” de Bertolt Brecht. Maravillosa y cruda puesta en escena de una de las joyitas del dramaturgo alemán. Increíble actuación, impresionante producción con aproximadamente 30 actores en escena, músicos en vivo (un muy destacable y desconocido para mí Duke Special) y un montaje millonario que más parecía una ópera que una obra propiamente tal. Estábamos con los chicos en la última fila de unas – por lo bajo – mil butacas todas ocupadas. Las tres horas me dejaron agotado. Una innecesaria razón para ir por unas pint (pinta, aprox. medio litro). Se armó un grupo con Giuseppe y su hermosa novia Afia, alemana y de familia nacida en Ghana, que también venían del National Theatre. En el pub nos esperaba otro italiano, también siciliano y también llamado Giuseppe más su novia Katia. Recorrimos tres pub, donde nos reencontramos, nos reconocimos y pasamos un momento muy agradable. Sentí todo el tiempo que ellos podrían ser perfectamente mis nuevos amigos en estas tierras.


El domingo fue de despertar tranquilo. Carmen buscó un sitio ideal donde yo pudiera hacer efectiva mi invitación a otra tradición dominical, el Sunday Roast, que no es otra cosa que ir a un almuerzo largo, al aire libre en esta época y comer carne horneada. Fuimos al Talbot, un pub del barrio, caminando, y Carmen tomó fotos durante el trayecto. Los chicos se inclinaron por la carne, yo me deleité con un risotto de champiñones. Ahí brindamos con vino californiano y les agradecí profundamente la tamaña muestra de amistad que habían tenido conmigo durante estos días de arribo.


Ahora escribo estas líneas, ya termino por hoy, me preparo para salir a trotar bajo la luz más hermosa pero más corta del día, la del atardecer. Ahí siguen esas aves, probablemente no estén cuando llegue. No importa, llegarán otras.



domingo, 27 de septiembre de 2009

9.23.09.09


Retomé mis correrías. Trote urbano por los barrios de Islington y Hackney. Los parques sembrados como flores en todo Londres y los cuervos rondando el paso de la poesía.


Tengo tres opciones, al fin. Una pieza en un departamento que compartiría solo con un indio, que es el dueño. Ubicado relativamente cerca de la casa de Carmen y Max, en un edificio refaccionado al estilo de un loft sin serlo. La segunda, una casa extremadamente grande, dos cocinas, cuatro baños, ocho room mates, un patio que es una cancha de fútbol, un living comedor de unos 100 mt2, tres pisos y mi eventual pieza con dos camas, dos escritorios, clóset, etc. Esta suerte de quinta está ubicada en las afueras de Londres, a 11 minutos en el tren rápido. Pareciera ser algo así como Buin respecto de Stgo. Y la tercera opción, una pieza bastante grande, cama doble, chimenea (sin uso) y la posibilidad de tener hasta un futón con mesa de centro. El barrio es al norte de Londres, en Archway, Islington. Al lado de un parque y con locomoción directa a la universidad. Me mostró el cuarto un arquitecto persa (iraní) que vive hace dos años en Londres y con quien siento hicimos una muy buena conexión. Esa casa tiene para cuatro room mates.

Después de mucho pensar, pedir opiniones y escuchar al cuerpo, desecho la segunda opción. Era espectacular pero no era Londres. Les escribo a las dos opciones restantes que me consideren ya que ellos reciben muchos interesados. Y a esperar, aunque no puedo parar de buscar nuevas alternativas por si las dos elegidas por mí finalmente fallaran.

Ese día en la noche había una nueva actividad. Cenamos los tres antes de salir. Carmen, que es una experta cocinera, hizo unos platillos indios, que a esta altura se están transformando en mis favoritos. Hicimos tiempo para que unos amigos chilenos de ella salieran del teatro, asistirían a una más de las quién sabe cuántas funciones llevan Los miserables en alrededor de 25 años en cartelera. Él es médico oncólogo que anda de vacaciones, y ella, su ex cuñada, una estudiante de master en Australia y que coincidió en Londres por un viaje de estudio que organizó su universidad. Nos fuimos a un boliche en un subterráneo que se especializaba en música de los 60, 70 y 80. Que buena –pensé. Perfect for me – dije.

Después de unas buenas rondas de coronas, la evolución normal de este tipo de procesos, nos llevó de la conversación sobre temas de trabajo y estudios, a la conversación sobre la vida, y al poco tiempo después a bailar unos temas de The Who, Led Zepellin y The Beatles. A cierta hora nos llegó la cordura y nos fuimos para la casa pero antes pasamos a dejar a cada uno de los invitados, pero caminando. Fue una odisea cruzar todo el centro de Londres pero también fue una oportunidad más para hablar y fortalecer la amistad, como asimismo, para empaparse de esta ciudad que se me hace cada vez más familiar.

Siento, pienso y escribo. En Londres todo funciona lo suficientemente bien para sentirse cómodo y todo no funciona lo suficiente bien para transformarse siempre en el tema de conversación.

8.22.09.09

Union Chapel, erigida en 1897. El clero de la época jamás hubiera imaginado que en su nave central habría un escenario donde artistas desplegarían su arte bárbaro y pagano para el placer de una audiencia londinense.



Hoy fue otro día más de búsqueda infructuosa de rooms.

Hacia el sur del Thames, al oeste o al este, cerca de Camden Market, a pasos de King’s Cross, con vista al Regent Canal. Sólo debes tomar el underground, hacer un par de conexiones, ojo con los desvíos por arreglo de fin de semana, especialmente en Jubilee line o en Bakerloo line. Es más barato si tomas el overground o haces una conexión con los buses.

Llevo una semana y aún no encuentro donde vivir. Me tiene cansado la rutina de buscar piezas en internet, luego buscar en el mapa cuán lejos o a contramano queda respecto de la universidad, de ahí contactarse por email o fono con el contacto y agendar una visita, después volver al mapa para estudiar la mejor forma de llegar, y lo más complejo, dar con la dirección, y puntual. Hasta ahora, o son muy pequeños, la ubicación no es la adecuada, o muy caro si se incluyen las cuentas, etc.

No quiero abusar de la hospitalidad de Carmen y Max. Resiento y reflexiono sobre lo fundamental que es tener un lugar. Un hogar, con mis cosas, pero por sobre todo con mi energía, mi olor y las trazas de existencia que van quedando depositadas en sus rincones.

Como algo en el centro de alumnos de pregrado de UCL, mi universidad. Encontré jugo de naranja natural, marca Tropicana, y un sándwich en pan baguette. Había programado visitar el campus central en busca de unas cartas que me había solicitado el banco y aprovechar de hacer una serie de consultas en la oficina de alumnos internacionales y también en el departamento de ciencias sociales, al que corresponde mi Master. Quedé impresionado con lo inmenso de cada una de las dependencias y con la cantidad de terreno que abarca todas las unidades de UCL a lo largo y ancho del Bloomsbury, el barrio donde se encuentra. Toda la gente fue muy amable pero de manera unánime y en un estilo muy british me invitaron a considerar que dejara de lado mis preguntas, que esperara la semana de inducción que tenía ese propósito y que disfrutara Londres – enjoy London!


Entre risa y desconcierto recibo una llamada de Carmen al celular que ella misma me prestó. Le había cargado 10 pounds en Tesco (una cadena de supermercado). Me propone sumarme a un grupo que iría a un concierto de Diego El Cigala. Fantástico dije yo, además estaba barato. Conocía al Cigala por su famoso disco con el Bebo. Quedamos de juntarnos en la puerta de la Union Chapel, una iglesia que está a cuadras de la casa de Carmen y Max. Cuando entramos quedé impresionado con la belleza de la iglesia, dispuesta de modo tal que el escenario se encontraba rodeado de un semicírculo de bancas, las originales. La luminosidad era extasiante. La justa para admirar los vitrales y la arquitectura interior de ese monumento. Había un pianista, un contrabajo, un percusionista y un guitarrista (guitarra española). El Cigala entró al segundo tema con un look increíble. Tan especialmente formal que ni la barba, el pelo largo y los numerosos anillos lograron contrarrestarla. Aunque a mí me gusta más como cantor de flamenco dedicó la gran parte de su concierto a los boleros y sones cubanos. Sin embargo, fue un deleite dejarse llevar por la potencia y sensibilidad de esa voz pastosa.

Al final el grupo se había reducido a Max, Carmen, Alan, un amigo colombiano de ellos, y yo. Como corresponde nos fuimos de pint, unas tres rondas por cabeza, conversamos y reímos a la vera de la barra del The Library, al frente de la capilla, en Upper Street. Fue un muy buen momento para relajarse y por sobre todo para conocer a Max en una faceta distinta. Mi amiga Gaby siempre me aseguró que la mejor manera de conseguir la confianza de otro era irse de copas. En este caso, yo quería conocer al esposo de Carmen. ¿Quién era ese hombre generoso que me acepta en su casa sin conocerme prácticamente nada? Y así fue, conversamos ahora mucho más relajado que las noches anteriores en su casa. Max es un profesional exitoso, de padre estadounidense y madre francesa, se crió en Paris, estudio en US y conoció a Carmen en un intercambio que hizo en Chile. Trabaja para una firma relacionada con el sector financiero en la city, pero más allá de todo eso, es una persona correcta, agudo, inteligente y de un muy buen humor. De la conversa pasamos a las tallas y de ahí pasamos a la imperiosa necesidad de apaciguar el bajón de hambre con un kebab turco súper large.

Ya en mi cama futón, me hago consciente que hoy (o ayer) martes cumplía una semana en Londres. Cumple semana que parece un año. Un año que parece una vida.

4.18.09.09


Mi amiga Carmen y mi nuevo amigo Max, su esposo, se van a Montreal Canadá por el fin de semana. Me quedo solo en su maravilloso flat. Me quedo solo en este my first weekend in London.



Nunca he sido un entusiasta de las fiestas patrias, pero reconozco que siempre es una buena ocasión para compartir con amigos o aprovechar los cada vez más preciados días feriados. Mi amiga Pauli del puerto me contó que para ella el 18 es más importante que la Navidad o el Año nuevo, ya que en esta fiesta no hay más sentido que la pura celebración en familia; para algunos –esto lo agrego yo- dos de las raíces fundamentales de nuestro pueblo. En mi caso pocas veces fue así. No me gusta mucho el chauvinismo al que suele caerse, no me gusta demasiado el folklore chileno, me aburren las fondas y me carga la parada militar. En realidad, estos últimos años habían sido el período perfecto para descansar en La Isla de Villarrica. Hoy, sin embargo, me encuentro frente al laptop, escribiendo y evocando Londres, desde el interior de una de sus casas victorianas pero con la perspectiva de Chile, que rescato de mi memoria emotiva en esta fecha especial.


Hoy, antes de sentarme a escribir estas líneas, caminaba de la estación Angel (Northern line) a casa de Carmen y Max después de ver una de las tantas piezas que ofrecen para compartir y que busco denodadamente para depositar mis huesos y su cansancio durante mi estadía en Londres. Ya reconozco los negocios locales. Me gusta pasar por uno que es más pequeño y que lo atiende una india hermosa, de esas bellezas inconscientes, y que tiene afuera hacia la vereda, unas mesas con numerosas fuentes que ofrecen frutas y verduras de la estación. Plátanos, pepinos, apios, repollos, cebollines, tomates, uvas de varios colores, pomelos rosados, papas, paltas bebés, lechugas y otra variedad de verduras que no conozco y que empiezo a aprender sus nombres en inglés. Se ve linda esa multiplicidad de colores y formas, relacionándose entre sí, en una composición perfecta, conformando una naturaleza muerta que está más viva que nunca.

Sigo pensando mientras camino y escucho a Ravel en el I Pod. Concluyo, por supuesto, así es Londres. Así me gusta. Cuanta variedad de etnias, formas de cara y color de piel; cuanta religión y credo que se expresa desde el hiyab de las musulmanas o el sari de las hindú hasta la vestimenta común y corriente de los londinenses. Entendiendo ese “común y corriente” de los ingleses, como un nunca descuidado estilo que se encargan de cultivar y diferenciar. Los hombres de oficina muy bien terneados y encorbatados y las mujeres siempre de tacones por sobre los 5 cm, mini faldas extremas (o en su defecto short pants) y cuidadosamente bien maquilladas y peinadas. Pues claro que está la vertiente más hippie, la deportiva, la de montaña y la que quieran imaginar. Realmente es entretenido tomar tribuna en un café mirando hacia la calle y ver lo variopinto de la gente inglesa, o mejor dicho del habitante de Londres.

Pero como es consustancial a mí, mi fijación son ellas, las observo y analizo, preponderan los colores pastel, los rosones u otro tipo de accesorio, sí, bastante conejita style. Todos los días, sin importar la temperatura ambiente, es una buena oportunidad para ir al club y/o al pub en tenidas mínimas que "te la encargo" para una fiesta de gala, sea de cumpleaños de quince o un matrimonio. Así y todo, no se ven mal, quizás al ser muy propio, lucen auténticas. Las asiáticas, delgadas y menudas, muy escotadas y de vestido corto, al menos las aparentemente japonesas y coreanas respecto de las chinas. La belleza impactante de la europea oriental, con esas caras blancas como el frío de sus tierras y siempre un leve matiz de tristeza en sus rostros. Las afroamericanas (por decirle de algún modo polite pero que asumo son fundamentalmente de origen africano) con su exhuberancia corporal y gestual, hablan fuerte mientras sus movimientos son gruesos y decididos, usualmente lucen con desparpajo esa maravillosa piel de ébano. Pero mis favoritas hasta ahora son las indias. Su color de piel y el pelo inconcebiblemente negro enmarcan esa cara donde no hay nada que compita con esos ojos negros, delineados, grandes, profundos y de pestañas abrazadoras. Sus rostros, algunos angulosos, siempre denotan una cuota de dulzura retenida a punto de escaparse.


Voy llegando a la casa pero antes se me cruza un zorro, corriendo atraviesa la calle, y antes de esconderse, gira la cabeza, se detiene y aparentemente se me queda mirando por un rato excesivamente largo. Sí - le digo- lo sé, yo soy uno más que engruesa la fauna londinense.


viernes, 25 de septiembre de 2009

2.15.09.09


Estoy en la sala de espera del banco Barclays para sacar una cuenta donde depositen mi beca, abro la mochila y en vez de retomar mi lectura de “Orgullo y prejuicio” (en inglés para perfeccionar el idioma), saco mi libreta y anoto una conexión de dos puntos.


Nunca se sabe como aparecerán en tu vida las huellas de tus pasos por la de otros y por esos lugares que fueron el escenario del encuentro. Hace prácticamente tres años conocí a Carmen en el Museum Tavern, un clásico pub londinense al frente del British Museum, de ahí la obviedad del nombre. Después de haber recorrido los salones y pasillos de ese gigantesco edificio, venía muy bien refrescarse con una pint of Guinness. En la barra –ya ni recuerdo cómo – conocí a un italiano, Giuseppe, que como buen siciliano no tardó mucho en invitarme a su mesa, ya que allí, entre otras promesas atrayentes, me presentaría a una compatriota. Ahí estaba Carmen, de aspecto un poco duro al comienzo pero muy amable y acogedora al poco andar.


Me gustó participar de esa mesa con gente tan amistosa e interesante. Todos estábamos enamorados de Londres. Había sí una gran diferencia. Ellos llevaban mucho tiempo viviendo, estudiando y trabajando ahí, por lo que podríamos señalar que se trataba más bien de un amor maduro, con aceptación de altos y bajos y con la certeza de lo consolidado a partir de quizás cuanto ensayo y error. Yo, por mi parte, recién empezaba el coqueteo, el enamoramiento de cada una de esas parciales e insuficientes cosas que hacen ligarse tan patológicamente a lo “enamorado”.


Con Carmen tuvimos un capítulo aparte. Hablamos en chileno un buen rato y pude conocer un resumen de su historia. Había vivido muy poco tiempo en Chile. Se había criado en Suiza hasta la adolescencia y había vivido en New York antes de hacer sus estudios de postgrado en UK, Brighton y Londres respectivamente. Pensé que era hija de exiliados pero no era así, Carmen era y es una asilada del mundo. No hay razones ni prácticas que la amarren a un territorio o una lengua. Ella disfruta compartir todos los cielos. Me pareció una mujer muy fuerte, decidida y con una manifiesta vocación política y académica. La conversación se movió de un extremo a otro hasta que llegó a su fin al poco tiempo después que tocaran la campana del último pedido al bar. Yo continué mi viaje y ella su vida en Londres. En ese momento se fundaba lo que hasta entonces nadie hubiera podido pronosticar sería una profunda y no-tradicional amistad.


Después de eso hubo solo correos esporádicos hasta este año cuando Carmen me cuenta que necesita continuar con su tesis de doctorado y que para eso va a Chile (en realidad iba a mucho más que eso). De esta forma volvimos a vernos después de todo ese tiempo. Conversamos como si el tiempo fuera solo un dato. El punto de encuentro fue una de las mesas de afuera del café literario de providencia, el del parque Balmaceda. Nos pusimos al día de los hechos y sueños que ocupaban nuestras vidas actuales. Los cinco meses siguientes, cada uno, a través de sus medios y maneras, acompañó al otro en esta parte del viaje. Ella me ayudó a mejorar mi inglés y yo le colaboré en algunos trámites de las entrevistas que debía hacer para su tesis. Pero fue más allá que una mutua colaboración. Le dimos forma a una amistad desinteresada pero útil para ambos desde una necesidad más esencial y superior que la simple funcionalidad. Se había constituido el esqueleto de lo que hace tres años se había engendrado.


Llevo un día en esta ciudad a la que profesé amor eterno en tiempos de enamoramiento. Volví y cumplí mi promesa. Sin embargo, esta señora bien me está pasando la cuenta, sino fuera por Carmen me tendría literalmente durmiendo a la intemperie. Ayer fue una buena noche, aún con algo de jet lag pero compartiendo un hogar en un departamento hermoso en Islington, al norte de Londres, cerca de Angel (no podía ser de otra forma). Mis primeros días en Londres la asilada del mundo recibe en su casa a uno que anda por las mismas.